Ya volví, y lo reconozco, no he tenido muchas ganas de escribir.
Analizo algunas teorías y llego a la conclusión de que se ha debido a que no sé cómo poner en letras la sensación de recibir en mi cara la brisa del mar de octubre, tibia y salada como una gran lágrima; o a que tampoco sé cómo describir ese contener el aliento de mirar el ritual ancestral de los voladores de Papantla en una noche cálida, a orillas del Golfo de México, mientras se descolgaban de cabeza desde 30 ó 40 metros de altura asegurados apenas por una frágil cuerda amarrada a su cintura, indígenas pequeñitos de botín y sombrero, antes y después, pero en el momento convertidos en hombres-pájaros que se jugaban la vida para invocar al sol, a la luna o a no sé quién.
Menos aún logro describir la emoción de ver el faro de una hermosa Isla de Sacrificios que recortaba la monótona planicie en que estaba convertido el mar otra noche de luna llena. Imposible, a fin de cuentas, relatar la belleza de una Selene enorme y brillante que se empeñaba en huir de la sombra que quería comérsela, con conejo y Mar de la Tranquilidad incluidos.
Pero como sea, ya volví.

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