(El siguiente texto fue publicado originalmente en Zona Acústica y lo coloco aquí por las razones ya comentadas anteriormente).
Hace un par de días visité una tienda dedicada a la venta de discos compactos en una importante plaza comercial. Recorrer un local como el señalado es una experiencia que puede mirarse desde distintos ángulos, pues encontrarse de repente frente a miles de discos colocados en exhibidores tan apretadamente como es posible puede volvernos unos compradores compulsivos, o bien, hacer que salgamos corriendo ante los criterios clasificatorios de la música en venta, esos que animan al personal de la tienda a ubicar los discos de Alejandro Filio en la categoría “Pop” o la música de Pedro Guerra bajo la señal de “New Age”. Supongo que manejar los inventarios de la tienda debe ser difícil y sobrellevar a los desordenados compradores algo igualmente complicado.
Por lo demás, la disponibilidad de material interesante está fuera de cualquier duda; sin embargo, los precios sí que son para poner los pelos de punta al más valiente; por ejemplo, un disco de Alejandro Lerner por doscientos cincuenta pesos es mucho dinero, aún si el comprador fuera un fanático del señor Lerner, o como el disco a que hago referencia, se trate de una recopilación de las mejores canciones de este cantautor argentino.
Esta reflexión nos lleva a otro punto, el cual ha sido largamente discutido y en el que vendedores y consumidores jamás nos pondremos de acuerdo: el tema de los altos precios de venta de los discos originales frente a los costos de producción (lo que incluye la grabación, los derechos de autor, la publicidad, el cidí virgen, el cuadernillo incluido, etc.). Dicen (no me consta pues no soy nada parecido a un productor discográfico, mucho menos manejo una compañía dedicada a la música), que es posible que un disco pudiera venderse a mitad de precio y aún así toda la cadena productiva dependiente de éste obtendría ganancias interesantes.
Debo dejar bien claro que no estoy en contra de las compañías disqueras y muchos menos a favor de la compra-venta de música pirata, pues esta última es una práctica que a la larga (o más pronto de lo que solemos creer) afecta al artista, a la compañía, a los distribuidores, a los seguidores, a la calidad de las nuevas grabaciones, a todos, pero viendo los precios en los establecimientos legalmente establecidos es inevitable pensar que alguien se está llevando una gran tajada de esta actividad. Es posible, lo reconozco, que ni el compositor, el cantante o siquiera la compañía productora ganen con la venta de su producto algo más que lo suficiente como para darse por satisfechos por salir, como dicen los ajedrecistas cuando hay un empate, tablas, pues quizás la máxima ganancia se la gane el vendedor final, o sea, la tienda que les contaba líneas arriba.
Sea cual fuere el caso, algo tiene que hacerse para no matar a la gallina de los huevos de oro. Las medidas para disminuir la piratería deben pasar necesariamente por una reducción en los precios de venta de los productos originales y hacer más equitativa la distribución de las ganancias a todos los eslabones de la cadena; al ritmo actual corremos el riesgo de no ver los discos de nuestros cantantes favoritos ni siquiera en el estante equivocado.

Creo que una solución fácil y sobre todo sana es que las disqueras cierren -no, sensibilicen- criterios y no gasten en producir fiascos y que vienen marcados de nacimiento como pérdida total. Nombres son muchos, pero puedo mencionar a Isabel Madow, Bobby Larios, Aracely Arámbula y Erika Buenfil. Un pókar que le ha quitado oportunidades a gente que con la mitad de presupuesto le puedo generar ganancias a sus disqueras. No estoy contra ningún género, solo sugiero calidad en los productos.
Saludos, Gustavo.
Publicado por: .:Lemon:. | 17/11/04 en 15:15
nada
Publicado por: cesar | 10/06/05 en 14:45