Trabajar en una oficina gubernamental es toda una oportunidad para escuchar verdaderas cátedras de estupidez. Imaginen la escena:
El jefe habla con los representantes de la institución en varias zonas del estado. El sueldo de ellos está realmente para llorar; ya el hecho de trasladarse desde sus lugares de trabajo hasta la oficina central para atender una reunión convocada de último minuto significa gastos muy elevados en proporción a lo que ganan, porque tienen que quedarse cuando menos una noche en hotel, pagar los gastos de su propio bolsillo y tramitar el reembolso para que a la vuelta de un mes en el área administrativa deciden qué factura sirve y qué factura no pasa, es decir, aún después de realizado el gasto éste podría no pagarse porque la factura está escrita con tinta azul, o por alguna tontería así.
Uno de ellos, y es en serio, tiene que recorrer 8 ó 10 horas por carretera, cruzar por dos estados y volver al estado de origen para asistir a la reunión, que durará máximo dos horas y que contendrá regaños de todos los tamaños habidos y por haber. Con todo, ahí lo tienen cansado, con unos cuentos pesos en el bolsillo, tal vez sin desayunar y con muchas horas de carretera en un vehículo oficial para el que no le dan gasolina. Lógico, cuando lo cree conveniente pide la palabra y solicita apoyo porque le prometieron mejores cosas que no han llegado y su barco está a punto de hundirse. Sacrilegio.
Y el jefe, que cuando se trata de negar recursos económicos para la gente que trabaja es verdaderamente brillante, lo mira de frente, levanta la voz y casi ladrando, le dice: "pónte la camiseta de la institución, hay que comprometerse y jugársela con el proyecto; hay que hacer más con menos; ha venido gente a verme, gente con maestría o doctorado, porque les interesa tu puesto" ¡plop! ¡el pobre tipo puso la cara más triste que he visto en muchos años! Y cómo no, su lugar de trabajo está en una zona montañosa calificada como de alta marginación, la cual prácticamente no tiene vías de acceso y le pagan una miseria que se ve recortada por sufragar viáticos que tendría que pagarle la institución. No es justo de verdad. No quisiera que le dieran palmadas en la espalda para reconocerle el esfuerzo, pero sí que cuando menos tuvieran una poca de conciencia y que fueran capaces de asumir las responsabilidades que les corresponden como "líderes". Bonita manera de mantener alto el espíritu de sus subalternos.

Terminé de leer el primero de los 25 libros que me planteo leer este año y como verán comencé con
Cobijada con la frase "Salvar el planeta no siempre es algo grave y serio. Puede ser divertido también", la organización ecologista
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