Hay días en los que me siento el Vicente Fox del barrio. No porque viva en una cabañita acogedora, porque use botas de charol o porque tenga mi Marthita particular, sino porque todo, pero absolutamente todo, me sale mal. Nada más es cuestión de poner un pie fuera de la cama y ya el mundo comienza a derrumbarse estrepitosamente cual Wall Street en 1929: que si los lentes se me rompieron, que si el despertador no sonó a tiempo, que si la leche se agrió, o que si el agua caliente se terminó cuando apenas me enjabonaba las orejas.
Con todo y que me sienta así gracias a la serie de acontecimientos que rodearon mi día, nada es tan grave como la miopía voluntaria y permanente en que vive el preciso, nuestro H. Presidente. Esa sí que es mala suerte, por decirle de alguna forma: un día la riega y el otro también. Y además, él sí tiene SU Marthita particular. Grave cosa es, como diría Yoda. Ya hasta tengo miedo de abrir el periódico o de revisar los noticieros, porque sé que por ahí andará Vicentico diciendo que los medios refritean, que los negritos no quieren trabajar, que el país es la bonanza total y que ya casi somos Europa, sea lo que sea que signifique eso. No es que le tenga mala voluntad, pero es que tiene unas puntadas que de verdad son para reír o llorar.
Por cuanto maneja un país (suponemos, pues, tampoco seamos tan optimistas) y es él la imagen de México ante el mundo aunque no nos guste (y habrá a quien le guste, no se enojen), deseo sinceramente que los problemas de Vicente Fox fueran tan simples como los míos: agua caliente ausente y leche agria nomás.

Novela policiaca, ambientada en el México actual y en un medio, el literario, en el que pensaríamos que las cosas son color de rosa.
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