Tiene cincuenta y siete años y se llama Antonio. Viajó, primero a pie un par de horas, después se subió a un viejo camión que lo acercó a una ciudad de mediano tamaño en la que pasó la noche, quién sabe en qué condiciones, para abordar hoy muy temprano un autobús que lo trajo a Xalapa. Todo para avisar que sí recibió el oficio que alguien le envió, y para demostrar que “sus papeles están en orden”, aunque el técnico que le hizo el proyecto no se aparece casi nunca allá en su predio. No quiere que le llamen mentiroso y por eso viajó tantas horas, porque le podrá faltar todo, pero le sobra honorabilidad.
Me mira con alegría y trae impregnado el olor del humo de leña. Imagino su casa, de madera y entreverada en la neblina y la montaña. Habla un español con acento indígena, con el que mezcla géneros y confunde artículos. Pero se da a entender, como diría mi mamá. Viste sencillo y calza unos huaraches que ya han recorrido mucha distancia.
A ratos me cuenta que desde la Sierra de Zongolica, donde vive, ya ha viajado de aventón hasta Tijuana, donde ha ido a vender los camotes (bulbos) de gladiola, de azucena, de otras flores que compra por ahí donde queda su casa. Dice que con sus cajas y su carga ha llegado a estar lejos de su mujer, sus hijos y sus nietos hasta cuatro meses, porque mientras ellos cuidan los borregos y la parcela, él anda en las esquinas de Tijuana o tocando puertas en alguna ciudad desconocida, sin saber nada de los suyos porque nomás no hay manera de establecer contacto.
También es carpintero. Hace mesas y sillas con madera barata que compra en Puebla porque no quiere aprovechar los árboles de su terreno, aunque tiene todo el derecho de hacerlo, porque sí, sus papeles están en regla; y para demostrarlo me enseña el documento de la SEMARNAT, que tiene su nombre y el volumen que puede aprovechar este y los próximos diez años. Por eso vino, nomás para que vean que no dice mentiras, aunque se gaste en el viaje el dinero que podría utilizar para comer la próxima semana.

A poco no es interesante conocer a personas como don Antonio, no deja de sorprenderte su calidad humana, su integridad, a lo mejor no poseen "cultura" o estudios, pero poseen valores morales tan firmes, que son de envidiarse.
Publicado por: Ángeles | 01/12/05 en 23:56
Angeles: Así como Don Antonio que es, por supuesto, un ser real, hay mucha gente por nuestras ciudades, por nuestra tierra, que nomás de aparecer nos cambian la perspectiva de las cosas. Saludos!
Publicado por: Gustavo | 02/12/05 en 17:33