Esta fue mi última lectura del 2005. No esperaba mucho de Estado de Miedo, de Michael Crichton, pero aún así me propuse leerle para conocer el punto de vista de este creador de bestsellers. La trama es sencilla y persigue algo muy claro: demostrar que el cambio climático no es tal, o cuando menos, que lo que cambia en nuestro planeta no tiene nada que ver con la acción humana, y por lo mismo, nada puede hacer el hombre para evitarlo. Evidentemente debe ser un libro muy celebrado entre el presidente Bush y su camarilla.
El personaje central es un abogado de una importante firma que tiene por clientes principales a organizaciones ecologistas y a un magnate que las financia. Después de muchas balas, mucha "acción", varios muertos y muchos pies de página con citas a estudios que respaldan los argumentos del investigador/científico/policía que acompaña al abogado, los ecologistas son pintados como ignorantes y violentos que quieren demostrar a cualquier costo que los humanos hemos echado a perder el planeta; los policías como grandes conocedores de las verdades/mentiras del cambio climático; y el protagonista y sus amigos como poseedores de más de siete vidas y una gran capacidad para estar a tiempo así sea del otro lado del mundo. Hagan de cuenta que es la versión moderna de Sherlock Holmes y sus acciones planeadas con base a los horarios de los trenes: siempre a tiempo, siempre en el lugar preciso.
Ya se sabe que este tipo de obras no tiene en sí un gran lenguaje literario, pues tratan más de ser efectivistas y cumplir con ciertas fórmulas para darle emoción al asunto, en lugar de demostrar calidad literaria, que es más que puntos y comas puestos en su lugar. Lo más interesante ha sido el mensaje del autor (y eso porque se sincera en él), a partir de la página número 643, donde manifiesta su posición acerca del cambio climático y lo que opina con respecto al trabajo de los ecologistas y sus organizaciones.
Mi lectura número 21 del Reto: 50 Libros, en su versión recortada para el 2005.

Soy lector constante de las columnas de
Con una prosa intensa, a ratos con larguísimos párrafos que transmiten la necesidad del narrador de contar la historia, de liberar las palabras que le queman por dentro, de externar esa apremiante obligación de hacerle saber al mundo lo que vivieron quienes perdieron la
De la pluma de
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