Con una prosa intensa, a ratos con larguísimos párrafos que transmiten la necesidad del narrador de contar la historia, de liberar las palabras que le queman por dentro, de externar esa apremiante obligación de hacerle saber al mundo lo que vivieron quienes perdieron la guerra civil española: no sólo fueron derrotados, sino que para sobrevivir tuvieron que exiliarse y vivir alejados de sus familias, de su país, de las cosas que amaban, sin posibilidades de volver en tanto el dictador siguiera vivo.
Esas cosas cuenta Jordi Soler en Los Rojos de Ultramar, el exilio mexicano de su abuelo en Veracruz, donde llegó buscando la oportunidad de vivir, de reconstruirse, de tomar fuerzas y, a la larga, plantearse con sus compañeros la posibilidad de participar en un complot internacional para asesinar a Franco. Pero esto, el plan, es el mero pretexto de Soler para recorrer el proceso de transformación de Arcadi, su abuelo en la novela, y cómo añoró siempre su patria, esperando el momento de volver aunque esto le llevara toda una vida.
Recuerdo ahora que Ismael Serrano lo dice continuamente: "no canto por nostalgia, canto para que las cosas no se olviden". Creo que eso es lo que trató de hacer Jordi Soler con esta novela, contar lo que pasó en aquella guerra y lo que derivó de ella, como una forma de vencer al olvido.
Mi lectura número 19 del Reto: 50 Libros, versión 2005.

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