Tengo un tío que se alegra cada vez que el toro se lleva entre los cuernos al torero y celebra ruidosamente cada vez que, según sus palabras, gana el astado. Hasta aplaude, pues. Yo no celebro que gane uno o el otro, porque sigo considerando que esto de la tauromaquia tiene poco de arte, nada de deporte y mucho de brutalidad. Es más, me da tristeza que las corridas de toros tengan espacio en los noticieros de televisión, que los programas deportivos tengan especialistas que hablen del tema, que los diarios les dediquen columnas cada lunes (o martes, o miércoles), y que sus principales panegiristas sean los actores, los cantantes, los políticos y hasta los obispos, quienes en lugar de cuidar de sus ovejas andan sirviendo de representantes de toreros.
Por supuesto que todo esto que digo tiene que ver con Pajarito, el toro volador de la Plaza México, pero tiene también que ver con lo que está pasando en Tlacotalpan, Veracruz. Allá celebran el 2 de febrero las Fiestas de la Candelaria, y uno de los puntos centrales es el llamado "embalse" de los toros por el río Papaloapan; esto significa que los toros tiene que cruzar el río a nado, azuzados por gente en lanchas, quienes los siguen maltratando una vez que están en tierra firme, persiguiéndolos por las calles y enfrentándolos para demostrar sus dotes toreriles, en una lucha desigual e injusta que poco tiene de religiosa, aunque se realice en el marco de unas fiestas patronales.
Aunque el gobernador anunció que este año se cancelaban esas actividades, las autoridades de Tlacotalpan proclamaron que vivimos en un país libre y que el municipio es autónomo con base en las leyes nacionales, y que por lo tanto el festejo se celebrará con ligeras modificaciones, lo que demuestra dos cosas: la primera, que las autoridades municipales revisaron la constitución y que se dieron cuenta que podían apelar al artículo 115 constitucional, como lo hicieron; y dos, que con todo y que saben leer, siguen siendo unos brutos.

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