Escarbo un poco en mi memoria y ahí está: ella con su vestido blanco de los lunes; ella con su listón satinado formando un gran moño sobre su cabello largo, largo, largo; ella y su piel clara, sus ojos rasgados, su lunar en la barbilla y sus dientes de conejo, inmaculados como el atuendo que usábamos durante los días de fiesta; ella y yo en el último año del jardín de niños, mirándonos a lo lejos, sin decirnos nada.
No es difícil recordarla porque fue una presencia constante hasta el cuarto año de primaria: ahí va, caminando otra vez en el pasto, rodeando la pequeña alberca con la gracia de una gacela, entrando al comedor, o sentándose frente al pizarrón, en primera fila, como siempre. Como siempre.
Cierro los ojos y la veo, mientras digo su nombre y evoco el sonido de sus zapatos de charol, impecables como su boleta de calificaciones. Pienso en ella y el ambiente se llena de su perfume con aroma de flores recién cortadas.
Cuando una decisión materna me envió a cursar el quinto y sexto año a otra escuela, comencé a soñar con que ella miraba mi pupitre vacío y se prometía buscarme. Aunque no hubo forma de despedirme de ella, quedaba el consuelo de la dedicación silenciosa de aquel gol que metí y aquella atajada espectacular que logré sobre la línea de meta, que en conjunto permitieron a los pumas del 4o. "B" ganar el segundo lugar del torneo escolar de fútbol.
Cosas de la vida, la volví a ver cuando ya éramos adolescentes, al cruzar una calle cualquiera. Nos miramos, nos reconocimos pero pasamos de largo, en silencio, sin decirnos nada, como siempre, nada.



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